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De nuevo cumplí el ritual de ver amanecer en las dunas -estas ocasiones no se pueden desperdiciar- y me fui a desayunar con el resto. Había dormido como un tronco pero al levantarme notaba el cansancio acumulado, la etapa de ayer me había destrozado.

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Amanecer en el Erg Chebbi

El problema es que teníamos por delante la etapa más larga del viaje: 460km. De Merzouga a Boudnib (160km) y luego a Beni Tajite donde tendríamos que repostar para poder completar los 300km restantes hasta Figuig. ¡Otra machacada!.

Mientras Albert y Simona preparaban el desayuno Eduard me acompañó a un mecánico local. La llave de contacto seguía sin desbloquearse y era muy incómodo viajar teniendo que desmontar el asiento para parar la moto. Como suele pasar en Marruecos, el mecánico era un crack que en un momento había encontrado un interruptor de casa que serviría para desconectar la batería. Lo fijamos con bridas y al cabo de poco ya estábamos desayunando con el resto.

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Improvisando un interruptor

Tras despedirnos de Simona y Eduard que nos tentaba con otra sesión de «dunning», nos pusimos rumbo hacia el norte. El inicio de la ruta bordeando El Erg Chebbi y con el lago del Yasmina con mucha agua fue muy bonito pero enseguida empezaron las zonas de arena que nos hicieron trabajar desde el primer momento.

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Mucha agua esta vez en el lago del Erg Chebbi

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El lago con el hotel Yasmina al fondo

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Precioso el reflejo de las dunas en el agua

Tal vez porqué el track era ya muy conocido para mí, por el calor que hacía o sobre todo por el cansancio acumulado que la ruta hasta Boudnib se me hizo pesada. Los kilómetros pasaban muy despacio y no me divertía como lo hago habitualmente.

Para colmo un nuevo pinchazo nos volvió a retrasar. No había ni una sombra y nos tocó arreglarlo a pleno sol.

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Reparando un nuevo pinchazo

Era la última cámara que nos quedaba así que habría que buscar un recambio. Tras reparar rápidamente iniciamos la marcha. Al cabo de poco nos encontramos con un chico caminando que nos hizo auto stop. Iba medio descalzo y con las ropas muy rotas, parecía muy pobre. Le pregunté a donde iba y me dijo que a Boudnib como nosotros. No estaba seguro de lo que nos quedaba, debían ser unos 10 o 15km. Ir con él nos iba a retrasar, corría más peligro de pinchar y seguro que para él ese era un recorrido habitual pero no podía dejarle allí en el culo del mundo con el calor que hacía. Luego me dio a entender que era el camino que recorría normalmente hasta su casa. Menuda paliza!

Así que continuamos nuestro camino con el improvisado pasajero que estaba más contento que unas pascuas. El usaba mis estriberas y yo iba con los pies en el motor. Además con el asiento que llevo se iba escurriendo hacia adelante por lo que yo tenía que ir haciendo mucha fuerza con los brazos. Íbamos muy despacio ya que la pista no era fácil y me estaba cansando mucho pero al fin y al cabo era la buena acción del día…

Cuando por fin llegamos a Boudnib le preguntamos a nuestro nuevo amigo donde podíamos encontrar un mecánico que nos vendiera unas cámaras. Nos guió hasta una casa y al cabo de un momento se abrió la puerta de los bajos donde se veía un pequeño taller. Salió el mecánico pero no tenía cámaras. Ningún problema, hizo un par de llamadas y al cabo de un momento teníamos allí a un joven en una scooter que tras recibir las órdenes oportunas se fue a por el recambio.

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Foto de «famila»: con turbante el auto stopista, al lado el mecánico y a la derecha el que fue a buscar las cámaras

Mientras esperábamos empezamos a charlar con el mecánico. Hacía calor y teníamos sed así que le preguntamos donde conseguir unas Coca Colas fresquitas. Nuestro auto-stopista no nos dejó ir a por ellas, le di dinero y salió disparado a buscarlas. A pesar de que le había dicho que comprara para todos volvió con un refresco para cada uno excepto para él y cuando me devolvió el cambio tampoco aceptó ninguna propina, no le entendía pero al ver su cara me quedó claro que era su forma de agradecer el haberle llevado. Luego nos acompañó a una “gasolinera” y allí nos despedimos.

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La «gasolinera»

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Repostando

Entre la reparación de mi moto, el pinchazo, la búsqueda de recambios y lo largo y pesado del recorrido se nos había hecho muy tarde. Además el mecánico nos dijo que la pista desde Beni Tajite hasta Mengoub ya era una carretera asfaltada. Estaba claro que ya no estábamos tan frescos como días antes así que eso fue una buenísima excusa para tomarnos las cosas con más calma. Así que decidimos quedarnos a comer algo e irnos directamente de Boudnib a Mengoub para recuperar tiempo.

La comida fue más lenta de lo previsto pero la verdad es que estaba muy rica. De hecho era la primera vez en todo el viaje que teníamos un almuerzo caliente. El problema es que con la panza llena el tramo de carretera que nos vino después se hizo muy largo.

Por fin llegamos a Mengoub y empezó la pista que nos tenía que llevar hasta Figuig. Empezamos a recorrer un valle precioso, de los más bonitos que he visto en Marruecos, seguramente ayudaba el hecho de que el sol empezaba a caer y había una luz increíble. Por primera vez en todo el día volvía a disfrutar sobre la moto. Empezábamos a rodar rápido, nos lo estábamos pasando bien. Albert iba delante y yo lo seguía a cierta distancia para evitar el polvo cuando lo oí gritar por el intercomunicador, me avisaba que bajara el ritmo. Al cabo de un momento vi el porqué, una rodera larguísima señalaba la frenada que había tenido que hacer para no caer en una zanja enorme que de repente cortaba el camino. El camino iba por el fondo del valle y quedaba cortado frecuentemente por torrentes que en época de lluvias debían bajar de las montañas que lo rodeaban.

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La pista de Mengoub a Figuig

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El precioso valle de Mengoub a Figuig

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La pista y el entorno eran preciosos pero muy traicioneros, había que ir con cuidado. Para acabar de dar emoción empezó a anochecer. Mi Ténéré con las luces auxiliares daba mejor luz que la KTM de Albert así que me puse a abrir pista hasta que también tuve un buen susto cuando me encontré con otra zanja que por suerte pude saltar.

Estuvimos casi cuatro horas recorriendo aquel valle desconocido sin ver ni un alma. La pista estaba destrozada por las lluvias. Cruzaba los dedos para que no tuviéramos una avería o caída que nos pudiera retrasar aún más. Finalmente vimos las luces de un coche que pasaba a nuestra derecha, la carretera de Bouarfa a Figuig estaba cerca. En estos casos es cuando más aprecio el asfalto, es como volver a la civilización y sentirse seguro. Pero en Marruecos conducir de noche nunca es seguro. Cuando menos me lo esperaba, en medio de la oscuridad más absoluta me encontré rodeado de gente que aparecía en medio de la carretera y a la que intentaba esquivar. No atropellé a nadie de milagro. ¿Qué hacía toda esa gente allí en medio de la nada sin ninguna luz que avisara de su presencia?. Luego nos explicaron que es una especie de mercado clandestino que se hace allí cada día. Vaya insensatos.

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Anocheciendo

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Finalmente llegamos a Figuig. Albert iba delante cuando vi que un 4×4 lo empezaba a perseguir. El del coche iba tocando la bocina detrás suyo persiguiéndolo. A través del intercomunicador oía a Albert diciéndole que le dejara en paz pensando que era un pesado que nos quería vender algo. Me sorprendió ya que cuando estuve en Figuig encontré a la gente muy tranquila, muy diferente a la de las zonas turísticas. Finalmente Albert se paró para ver que quería. Era el dueño de la casa de huéspedes en la que nos íbamos a alojar, nos estaba esperando, alarmado al ver que no llegábamos, increíble.

Le seguimos hasta que paró en una animada plaza del centro antiguo. Allí aparcó el 4×4, cogió una bicicleta y nos indicó que le siguiéramos. Se adentró en un laberinto de callejuelas por las que apenas podíamos entrar con las motos hasta llegar a la puerta de la pensión. Abrió la puerta y nos indicó que entráramos con las motos, realmente era en el único sitio en que podíamos aparcar o habríamos bloqueado la calle pero lo cierto es que daba un poco de apuro entrar con nuestras sucias motos dentro de su casa.

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Las motos en la recepción del hotel

Tras coger el equipaje y ducharnos nos pusimos a cenar con los propietarios. Ella, Sylvie es una francesa que se casó allí con un emigrante marroquí. Al retirarse decidieron volver a la casa de la familia en Figuig que han reconvertido en casa de huéspedes: la Maison Nanna. Absolutamente recomendable.

Cenamos con ellos y nos ofrecieron el plato típico de las grandes ocasiones en Figuig: el Tride, compuesto por pollo asado acompañado con almendras, dátiles, uvas pasas… y una especie de creppes finísimas que sirven para coger la comida con los dedos. Delicioso!!

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El riquísimo tride, el plato de las fiestas en Figuig

La cena fue muy interesante ya que nos explicaron mucho sobre la vida allí. Les expliqué que había visitado Figuig en mi viaje en solitario y que también había estado en el minúsculo oasis de Ich, más al norte. Me entristeció saber que ya no quedaba nadie allí. A pesar de los esfuerzos del gobierno marroquí que daba electricidad gratuita a sus habitantes y otros privilegios, la gente se había ido, Ich estaba desierto. Cuando estuve allí, hacía poco más de un año, me estuvieron enseñando la construcción de lo que iba a ser un museo, el proyecto de un hotel… pero nada de eso sirvió para que sus poco más de 300 habitantes se quedaran en ese rincón de mundo… y lo entiendo, ¿qué futuro se podía esperar allí?. A un lado una frontera cerrada y al otro el desierto. Desgraciadamente estaba predestinado.

Al día siguiente teníamos pensado ir a Ich pero preferí no verlo desierto y recordarlo como en mi anterior viaje (post). Me fui a dormir recordando a la gente que conocí allí, ¿dónde estarían ahora?.

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